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ıllı María Manuela de Portugal wiki: biografia, edad, pelicula y libro

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Primeros años


Nacida en la urbe de Coimbra, María Manuela fue la segunda (mas primogénita superviviente) de los 9 hijos nacidos del matrimonio entre Juan III de Portugal y Catalina de Austria; de sus 8 hermanos menores, únicamente subsistió Juan Manuel, natural de mil quinientos treinta y siete.


Su educación estuvo largamente influida por la profunda religiosidad y devoción a los sacramentos de su madre, unido a las altas esperanzas que se tenían en el hecho de que como única hija de los reyes portugueses tuviera un buen matrimonio y fuera digna de las más altas consideraciones. Fue exactamente por esta razón por el que la reina Catalina persuadió a su marido, Juan III, a fin de que admitiera la candidatura del heredero de Carlos V, el futuro Felipe II, a la mano de la infanta.


Viaje a España


Fue la primera esposa del príncipe de Asturias, heredero de la corona de España, que reinó después con el nombre de Felipe II, quien era su primo. Aquellas bodas, se contaron entre "las más notables que se han hecho entre príncipes en España, por el lujo, ostentación y aparato que se empleó desde los primeros preparativos, y por el pomposo ritual con que se festejaron" como afirma un historiador. Los escritores de aquel tiempo han dejado meticulosas descripciones del viaje que hizo de la villa de Madrid a Badajoz a percibir a la princesa el profesor del príncipe, Juan Martínez Silíceo, prelados ya de Cartagena, y de la grandiosidad con que el duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán, arregló su casa para alojar a la ilustre novia.


El prelados, en su pausado viaje, gastaba, afirman, setecientos raciones cada día; su comitiva era brillante; llevaba multitud de acémilas y pasteleros, pajes, escuderos y criados, todos con ricas y suntuosas casacas de seda y terciopelo, con franjas de oro, sombreros con plumas y otros ornamentos, con los que competían los paramentos de los caballos, y en las comidas no faltaba, de esta forma en viandas como en vinos, ningún género de regalo. El duque, por su lado, gastaba, afirman, seiscientos ducados día tras día en la mesa, y para el recibimiento del prelados en Badajoz llevaba doscientos acémilas, todas y cada una con pasteleros de terciopelo azul y las armas bordadas de oro.
Unos y otros llevaban músicos en su comitiva, y en la del duque iban además de esto 8 indios con unos escudos de plata redondos y grandes, en todos y cada uno de ellos de los que había un águila que mantenía las armas del duque y de la duquesa. Y para colmo del lujo y del capricho hacían una parte del cortejo 3 juglares, llamados Cordobilla, Calabaza y Hernando, absurdamente vestidos, y un enano con sus puntas de decidor y prudente. De esta forma la casa del duque como la que se destinó para alojamiento del prelados competían en el lujo del menaje, en tapicerías, colgaduras, doseles y vajillas de oro y plata. Poco faltó a fin de que la proyectada boda ocasionara un rompimiento entre España y Portugal por cuestiones de etiqueta y de preferencia. Tanto se disputó, que por no estar arreglado el ritual no pudo entrar en España la infanta en el día anunciado, y todavía llegó a temerse que se deshiciese la boda.


Se arreglaron al fin las diferencias. Corría el mes de octubre cuando la comisión de caballeros castellanos recibió a la infanta en la raya divisoria en el puente del río Caya. Se debían festejar los esponsales en Salamanca, y en el largo tránsito de Badajoz a aquella urbe se invirtió cerca de un mes, pues todo eran festejos, fiestas, campeonatos, vistosos simulacros de infantes y jinetes, sacrificándose a competencia y parcialmente las grandes y pequeñas poblaciones en agasajar a la futura princesa de Asturias. El príncipe, en tanto, como cualquier enamorado a quien no es tolerado el ver a su amada, proseguía a esta desde la raya hasta Badajoz. Cuando llegaba la real comitiva a una población en la que iba a reposar, el príncipe, siempre y en toda circunstancia de incógnito, se adelantaba, y desde una ventana en ocasiones, y prácticamente siempre y en todo momento embozado hasta los ojos, desde un rincón, mezclado con la muchedumbre que ocupaba las calles, se agradaba en observar a su futura esposa.


Boda en Salamanca


Llegó esta al fin a Salamanca, en cuyo límite la aguardaban el corregidor con el municipio, el cabildo, la Universidad y otras corporaciones, que la acompañaron en la ostentosa y espléndida entrada. El príncipe se adelantó asimismo como en otras poblaciones, y de manera perfecta disfrazado se asomó a un balcón de la casa del doctor Olivares para poder ver de nuevo a la infanta. Esta lo supo, y al pasar por delante del precitado balcón, con determinada decorosa coquetería se cubrió el semblante con el abanico de ricas plumas que llevaba en la mano. Como los bufones tenían para todo libertad, el del conde de Benavente, llamado Periquito de Santervés, que era muy insigne entre los de su clase y acompañaba a la infanta para distraerla con sus gracias, comprendiendo lo que pasaba, separó el abanico y descubrió absolutamente el semblante de la infanta, acompañando la audaz acción con muy oportunas palabras.


Por la tarde salió el príncipe, de incógnito siempre y en toda circunstancia, fuera de la urbe, y al siguiente entró en público en aquella por la puerta de Zamora, acompañado del cardenal de Toledo, del duque de Alba y de otros múltiples magnates y caballeros. El catorce de noviembre de mil quinientos cuarenta y tres se festejaron los esponsales, de noche, dando a los esposos la bendición nupcial el arzobispo de Toledo. A las 4 de la mañana se festejó la misa de velaciones, y todo el día y múltiples de los próximos se invirtieron en fiestas y campeonatos. Tras visitar los establecimientos públicos, los príncipes se dirigieron a Tordesillas a besar la mano a la abuela de los dos, la reina Juana I de Castilla.


La melancólica reina se mostró muy complacida de ver y abrazar a sus nietos, y afirma la historia que los hizo bailar en su presencia. En Simancas alfombraron de riquísimo paño las calles y celebraron con el mayor entusiasmo a los príncipes, los que pasaron de esta urbe a la de Valladolid, que asimismo se mostró magnífica, digna y espléndida en percibir a los esposos.En aquella urbe dio María a luz su único hijo, el infante Carlos (ocho de julio de mil quinientos cuarenta y cinco) y poquitos días después, murió, sin llegar a ser reina de España. Fue sepultada el treinta de marzo de mil quinientos cuarenta y nueve en la Capilla Real de Granada, al lado de los infantes Don Juan y Don Fernando, hijos del emperador Carlos V, aunque más tarde sus restos fueron trasladados al Panteón de los Infantes de la Cripta Real del Monasterio de El Escorial.


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